La noche era fría y lúgubre, no alcanzaban los segundos para poder pronunciar palabra sin que la saliva se te hiciera hielo en la boca. Sinceramente, no era día para estar enfadado o sin humor. O por lo menos no era día como para que yo lo estuviera, digamos que cuando eso sucede deseo escaparme de donde estoy, correr por la vereda, o tomar la primera avenida y seguirla hasta el fondo, cosas así.
Apague la radio que me tenía cansado, el locutor había estado hablando al menos una hora entera de un choque en la ruta, dos muertes y un herido, pobre gente, deberían haberlo pensado dos veces antes de lanzarse a la ruta, la lluvia de los últimos 5 días había dejado inundado gran parte de los caminos, y se había pedido por favor a todos los ciudadanos que no salieran a la ruta. Parece que esta gente no estaba muy informada o tenían un asunto de 'vida o muerte' que resolver.
Abrí la heladera, di de comer al canario, no se porque si ya le había dado, pero quería al menos dejar satisfecho a alguien ya que yo no lo estaba, la heladera permanecía vacía al igual que ayer, y antes de ayer, no tenia animo para ir al mercado. Creo que las ganas se fugaron con mi humor.
Me abrigue, tome las llaves, fui al garaje abrí lentamente el portón con la esperanza de arrepentirme de salir de casa. Subí al auto y tome la primera avenida, y decidí seguirla hasta el fondo como siempre, en el camino me encontré con un mercado abierto, entre y compre una gran cantidad de mis chocolates favoritos. Dicen que el chocolate produce la liberación de endorfinas, y el dolor y el miedo desaparecen. Pero eso no ocurrió, tal vez el chocolate estaba vencido.
Las luces de la ciudad se volvían cada vez mas brillantes, y las calles mas angostas, como una ilusión óptica que me cerraba el camino. La avenida culminaba en el mar, pegado al volante pensaba en el momento que llegara al fin: bajaría lentamente del auto, me cubriría con la capucha para no ser asesinado por la lluvia, encendería un cigarrillo, y me sentaría sobre alguna roca a esperar el amanecer, primero vería como los azules de la noche se alzan y se tiñen con un violeta intenso para llegar lentamente al lila y como algo mágico que dura tan solo minutos aparecería el rosa, el sol comenzaría a asomar detrás del océano, fundiendo al rosa con su amarillo imponente, una combinación de naranja con amarillo brillante, dejando atrás la fría noche, entonces llegaría el momento de volver al auto, luego a la avenida, y tal vez a mi cama o alguna otra cosa.
Llegue al final de la calle y me encontré con las piernas duras por el frió, no encontraba las ganas para bajar del auto, me negaba rotundamente, y el mal humor persistía, me recosté sobre el volante, puse el mismo disco de siempre, y contemple el mar detrás del parabrisas, tan majestuoso y bravo se movía a pasos agigantados y bañaba la arena con fuertes oleadas. No estaba aburrido, era parte de la rutina que tanto odiaba y que sucedía al menos una vez al mes, por lo que tampoco debería aburrirme, ni siquiera intentarlo.
La avenida parecía abandonada, ni un alma se había animado a salir, habían hecho caso, le pareció raro, ya que las personas suelen ser tan estupidas. Recordó los tiempos de colegio cuando se prohibían la pelota, las carreras, y otros juegos ‘peligrosos’ para evitar accidentes, y nadie hacia caso, fue un verano en que a todos se le había dado por hacerse los valientes, lo que derivó en una lucha continua, dejando a cuatro quebrados: tibias y peronés, fracturas de costillas, y de brazos, sin contar con aberturas de cabeza y mentón.
Descripciones atrapantes en cada detalle, casi visibles y por momentos irónicas. Un personaje que promete en esta historia que nace.
ResponderEliminarSupiste trasmitirme hasta el frio. Que bueno que estés de vuelta en esta aventura de las historias!