martes, 10 de mayo de 2011

CAPITULO V: Noche de Tormenta

Pasaron tres largos e infinitos meses, de mas rutina y autoconvencimiento de que el suicidio era para los cobardes. Sussane no se habia dejado ver desde aquel dia en el barrio bohemio, que ya para estos entocnes parecia muy lejano.
Un dia de marzo, a las 4 de la mañana, me canse de dar vueltas en la cama, cosa que últimamente me pasaba muy seguido, y decidi dar una vuelta. Tenía puesto mi pijama rayado, el de invierno, aunque era otoño para mi hacia frio. Me puse un saco largo, un gorro que lo usaba desde los 18 y tome una bufanda que como todas las que estaban en mi perchero tenian el logo de la empresa para la cual trabajaba, abri el porton del garage, saque el auto, deje todo bien cerrado, y tome la primer calle, frenetico y desesperado. Me habia tomado el tiempo justo para acomodarme para salir, como si planeara algo minuiciosamente, para luego salir como un loco a la calle y matar a cualquiera (incluso a mi mismo) en cualquier esquina.
¿Qué sentido había para mi existencia? Mi mundo habia quedado reducido a la espera de una mujer. Habia vuelto a cometer el mismo error de cuando murio mamá.
Solo podia ver el mar frente a mis ojos, estuve a punto de chocar en dos oportunidades, pero no pare hasta la escollera.
Baje del auto y corri lo mas rapido que pude hacia el mar, fui quitándome la ropa, y cuando estuve en la orilla me arrodille, y grite, mucho. Logre que lagrimas gruesas cayeran al fin por mis mejillas, llore como nunca antes habia llorado, apoye la frente en la arena y pedi a cualquiera fuera el dios que todo lo media y creara que me llevara, que me diera la muerte, golpee fuertemente la arena gritando de dolor, y caundo mi cuerpo estuvo cansado de golpear y mi voz no fue lo suficiente fuerte para gritar, me deje caer, deje que el agua fuera cubriendome, mojandome y al fin, me dormi.

Desperte y estaba en mi cama, como si todo hubiera sido una pesadilla hermosa. Estaba a oscuras en la habitación de siempre. Las persianas, casi cerradas, haciendo luto de mi presencia, dejaban pasar pequeños puntos de luz.
Me quise levantar y el cuerpo no parecía dispuesto a nada. Logre incorporarme y fui al baño, al mirarme en el espejo me asuste tanto que pegue un grito ahogado. Estaba totalmente palido y lleno de ojeras, y lo peor de todo: el pijama no era el mismo que el de anoche, abri la puerta de golpe y alli estaba ella, con una taza de café en la mano.
-          q… q… - respire profundo, mi voz no hacia caso a pronunciar palabra- que haces aquí, ¿que paso?- dije tejiendo hilos con la voz.
-          Buenos dias alex, ¿te sientes mejor?
No le respondi, ella tampoco me habia respondido. Ademas ella era la culpable de todo… incluso de que yo anoche no muriera. Si ella no… si ella no tantas cosas.
Estaba enojadisimo. No queria verla mas, pero me era imposible hecharla, ademas sabia que ella no quedría irse viendo mi estado de salud.
-          Si quieres sinceramente que me vaya me ire Alex. De lo contrario hazme el favor de tomarte esto.
Me levante de la cama sin mirarla, me puse la bata y tome la taza de su mano.
Ella me obligo a llamar al trabajo y pedir que me enviaran un doctor.
El doctor llego a media tarde. Me moría de vergüenza, ¿como explicarle como habia llegado a este estado de salud?, Sussane me ayudo y fue ella quien hablo con él, luego me examino y declaro principios de neumonia, debía estar unos diez dias como minimo en cama, y ademas de eso tenía licencia de 6 meses por incapacidad psicologica, ¡Que vergüenza! . Antes de irme me entrego una tarjeta de un psiquiatra colega de él, y me dijo que “cualquier cosa” lo llamara y el me iba a ayudar.
Sussane preparo la cena y comimos juntos, hablamos de libros aquella noche, ¡ella habia leido millones!, me contaba historias que parecían haberle sucedido a ella.
Luego de la cena ella se fue. Me acoste con muchisimo dolor de cabeza y fiebre, me habia sentido mal durante la cena pero no quize decirle nada. La noche fue verdaderamente interminable, tuve algunos escalofríos acompañados con una tos insoportable. Logre dormirme con la salida del sol, pero no logre descansar mucho porque al mediodia llego Sussane, y lo primero que hizo fue retarme por no haber tomado los medicamentos.
Almorzamos una comida “saludable”, según ella, sopa de verduras. Y pasamos la tarde mirando peliculas.
Fue esa tarde cuando caí en la cuenta que no sabía nada de la mujer que estaba al lado mio. Antes, bueno la verdad no me interesaba. Pero ahora si verdaderamente. Sussane ya era algo en mi vida, no sabia que, ¿una amiga?, no lo se, pero me interesaba saber algo de ella.
-          Sussane- Le dije, pero ella no respondio al instante, estaba muy concentrada viendo como Sandra Bullock se enviaba cartas con Keanu Reaves en “La casa del lago”.
-          ¿Qué?
-          Nunca me has contado nada de tu familia. – le dije con mucha delicadeza.
-          Tu tampoco Alex. – y me sonrio.

Tenia razon, yo tampoco le habia hablado de mi familia o de algo de mi vida. Ella sabía que yo trabajaba pero no de que. Decidi empezar por eso que era lo mas facil.

-          Soy contador, trabajo en una sucursal de Galicia.

Y ella me miro un instante como esperando a que dijera algo mas, y respondio:

-          ¿te gusta?
-          No lo sé. Creo que si. No es algo que me cueste mucho.
-          ¿y porque estudiaste eso?
-          Por que… por que, era lo mas facil.- ¿Verdaderamente habia estudiado eso porque era facil?, por un lado si… si, definitivamente habia sido un camino facil para una salida laboral asegurada.- Facil, porque lo entendía y sabia que cuando terminara iba a tener trabajo seguro.
-          Mmm, y si pudieras haber elegido otra cosa. ¿Qué hubieras hecho?
-          Hubiera sido doctor… – y vinieron a mi mente imágenes mias siendo medico- Y vos ¿de que trabajas?
-          Cuido enfermos, como ahora por ejemplo – respondio señalandome.

Era una respuesta verdadera, pero no me satisfació. Me dio la impresión de que ella no quería decir mucho. Pero en fin era verdad, y era obvio que mucho no ganaba, se vestia con ropa que no siempre era de su talle. No combinaba muy bien los colores, y mucha ropa no tenía. Las veces que la había visto siempre habia tenido puestos los mismos borsegos marrones, un saco medio largo abrigado y una bufanda amarilla, lo que siempre cambiaba era el gorro. A la ropa de abajo nunca le preste mucha atención, salvo los dias que me cuidó; no usaba pantalones ajustados, le gustaban las polleras largas (que jamás eran lisas) y sus blusas eran camisetas básicas lisas o con inscripciones, la que mas me gustaba era la que decía: Libertad, Justicia e Igualdad.
Se paso toda una semana cuidándome, haciendo la comida, dándome la medicación y no dejo que pagara nada, lo unico que me pedía es que sonriera un poco mas. La última noche, me preparó una de mis comidas favoritas: ravioles con tuco, estaba horrible, afuera se habia levantado viento y comenzaban a caer las primeras gotas de lo que después sería una intensa lluvia que duraria toda la noche. Le dije que se quedará, no era una noche como para que anduviera caminando, aunque ella afirmara que se tomaba colectivos, yo sabia (porque la habia espiado en algunas ocasiones) que ella se iba caminando. Después de un rato de discutir aceptó quedarse. Prepare el sofá cama y la obligue a dormir en mi dormitorio, pero mas tarde la tuve sentada a los pies del colchon.

-          ¿Qué pasa?, ¿no podes dormir?- Le dije entre dormido.
-          No. – Me respondio casi llorando. Me levante preocupado y me sente a su lado.
-          ¿Qué pasa Sussane?-

Ella permanecio en silencio mirando hacia abajo, y de repente se oyó un fuerte trueno y ella se largo a llorar, la abrase y le dije que se acostara a mi lado. Encendí la televisión, para que no se oyeran tanto los truenos, pero en cuestión de minutos se corto la luz y eso dio lugar a un nuevo llanto.
Logre que se durmiera después de un rato, se habia quedado dormida encima de mi pecho, la separe y la acomode en la almohada, aquella noche vi a la mujer que no habia visto nunca en Sussane. Para mi en un principio ella no era nadie, luego era algo, y ahora era todo o lo unico, que tenia.
Me recordó a alguien de una pelicula, y me senti turbado por la imagen de esa mujer a mi lado, me levante y busque velas; eran las tres de la mañana y tenía muchas ganas de leer. Puse una cerca de la cama y me acoste.
Sussane, su respiración me aturdía, me impedia concentrarme en el libro. Su pelo le llegaba debajo de los hombros, era mas bien lacio, aunque en dias humedos se volvia mas ondulado, tenía los ojos grandes y oscuros, aunque ahora los mantenía cerrados. Sus manos eran delicadas y flacas, los dedos largos con uñas cortas, una de sus manos estaba debajo de la mejilla que tenia apoyada en la almohada. Era una bella mujer, pensé en como se vería al otro día, ya que nunca yo la había visto así. El libro que estaba por leer se escurrio entre mis manos y cayo al suelo, y ella se despabiló, permaneció en silencio con los ojos abiertos mirandome, esperando que dijera algo.

-          ¿Estas bien?
-          Si, ¿y vos?
-          Tambien. ¿Por qué no intentas dormir?
-          No puedo – Le respondi.

Ella se incorporo, apago las velas y tomo mi cabeza entre sus manos, la apoyo en su costado derecho y acaricio mi cabello. Comenzo a tararear claro de luna, y mi corazon empezo a latir mas lento pero mas atento, podía sentir las pulsaciones de sangre por todo el cuerpo. me separe de ella lo suficiente como para mirarla de cerca, y ella cerro los ojos y beso mi frente, luego mi nariz y antes de que hubiera despegado los labios de ella la tome del menton y le bese en los labios, y ella se dejo. Me acaricio el cabello y la espalda suavemente y no pude evitar el llanto, entonces ella me alejo y me dijo:

-          Quiza necesitaste conocer el odio para encontrar el amor.

Y volví a besarla. Ella se recostó nuevamente en mi pecho, y dormí profundamente toda la noche. 

Capitulo IV: Un paseo para recordar

El trabajo era tan rutinario que hartaba. Todos los dias la misma oficina, los mismos papeles que firmar, debería haber elegido como carrera la vagancia,  haberme dedicado al paracaidismo o a la construccion. Hubiera preferido cualquier cosa antes que eso. Era contador. Y se lo debía a mi querido padre como todo, el quería que yo continuara con la tradición de contadores, y lo cumplí, para que el se sintiera orgulloso de mí, en vano.
Fue cuando empezaba el calor en la ciudad, que yo iba a trabajar, y vi a Sussane caminando al costado de la calle, llevaba un perro. Parecía que el perro la llevaba a ella, ya que ella iba corriendo y tropezando detrás del animal, ambos venían derecho hacia donde yo estaba. Luego todo fue rápido, el perro se abalanzo sobre mi, y caí sobre la hierba que cubría la plaza.
-         Yofo! Yofo, Soltá a alex!
-         Sussane!, sacamelo de encima.

Y el perro no dejaba de lamer mi cara. Me levante y Sussane me dio un pañuelo para limpiarme.

-         Alex, lo lamento, es el perro de mi vecina, lo saco a pasear algunas mañanas, ya que ella no puede hacerlo.

Jamas se me hubiera cruzado por la cabeza, hacer algo asi por Josefa, la vieja que vivía al lado de casa, ella tambien tenía un perro, pero al igual que este no me caía muy bien.
-         A donde ibas?- Pregunto ella intimidandome.
-         Al trabajo.
-         Mmm, creo que yofo y yo tenemos tiempo de acompañarte un rato… Si eso deseas.

Como decirle que no a esos ojos inocentes que solo tenían buenas intenciones.
-         Si, acompañenme, son un par de cuadras nada mas – respondi con una sonrisa, que espero ella no halla notado que era irreversiblemente falsa. Aunque es seguro que si lo noto, pero queria acompañarme a toda costa.

Las cosas con Sussane eran asi, descolocantes, aritmicas, ella aparecía de la nada, como si fuera lo mas normal del mundo, y con tanta naturalidad que hacia poner a uno nervioso.
Ella me llevo por un par de ‘atajos que conocia’, y fuimos a parar a un barrio de esos al estilo bohemio de Montmartre. Fue parecido a lo que me sucedió en la cafeteria aquella mañana, todo parecia familiar y conocido, pero a diferencia de ese dia, yo recordaba todo, recordaba ese barrio ni bien lo vi. Mamá. Mamá apareció entre la gente que caminaba por la calle, mamá apareció escuchando las canciones de los cantantes ambulantes, mamá estaba ahí parada al lado de la artista de acuarelas, la llamaban Transparencia.
-Aquí venia con mi madre.- le dije a Sussane, mientras contemplaba las viejas imágenes de mi madre representandose en el barrio.
Y ella solo se limito a mirarme, y se detuvo frente a Transparencia.
- Increible, Alex!, mira lo que es capaz de hacer esta mujer- Que emocionada se veía Sussane.
Le sonreí, fue la respuesta mas natural y sincera que le habia dado desde que la conocía. Transparencia dirigio sus ojos a los mios, y luego continuo mojando sus pinceles en las acuarelas, ¿se acordaría ella de mi, de aquel nene que cantaba canciones alegres y no conocía otro sentimiento mas que la felicidad?
-¿Como es que logra crear… esto? – Pregunte timidamente señalando el cuadro que Transparencia tenía ante sus ojos.
Y ella sin levantar los ojos de lo que estaba pintando me respondio: - Pienso en cosas imposibles, aquellas que solo pueden ser posibles aquí – y señalo la pintura – esos paisajes oníricos y mágicos que aparecen cuando uno cierra los ojos y dormita.
Esas palabras llenaron algo que habia estado vacío por mucho tiempo dentro mío, palabras similares a las de mamá, que en su momento no entendía del todo, y ahora tenían mas sentido que nunca. 
Espere a que Transparencia terminara su obra y la compre orgulloso de tener dinero para hacerlo.
Ni bien llegamos a la salida del barrio que nos topamos con la avenida y alli en frente se alzaba el edificio donde estaba mi oficina.
-vacaciones- dijo Sussane en un susurro.
- ¿Qué?, Perdon no te escuche.
- No dije nada alex.
-Si, dijiste vacaciones.
-Ah, debo haber pensado en voz alta. Estoy pensando en viajar al norte por un tiempo. Siempre quise una aventura. No tengo nada, nada que perder.
-¿Al norte?, ¿con el calor que hace?.
- Alex, mi viaje no se limita al norte del país, va mas alla de estas fronteras, aunque lo principal sería poder llegar a nuestro norte.
- no creo que sea una buena idea… - mire la hora, la conversación me estaba hostigando, y quería darla por finalizada- Es hora de irme, llego tarde. Nos… vemos.
Ella sonrío y me dio un beso fugaz en la mejilla.
Quedo invadido durante toda la tarde, por sentimientos que antes le eran ajenos, y quería que continuaran así.
Los sentimientos hacen a las personas pensar.  Quizá me hacia falta llorar o reír mucho, pero nunca llegaba a ningún extremo.
Volver a casa era un sinsentido diario. No existía el concepto hogar desde hacia ya mucho tiempo en mi vida. El trabajo era una porquería, nunca entenderé porque soy tan bueno de todos modos, ¿serán los genes?.
La rutina me era indiferente. No me gustaba hacer siempre lo mismo a decir verdad, pero tampoco quería cambiar nada, me daba terror lo nuevo, ya que ello significaba siempre socializar, aprender, cambiar, perdonar… y ya de decirlo me da miedo.
Sussane no se en que parte entraba. Me agradaba, no podía negarlo, ella me traía buenos recuerdos, y eso me molestaba pero no podía culparla por hacerme bien. Sussane dejaba en mis imágenes, que mi cabeza no podía controlar y me descolocaban.
Me encerré a oscuras en la habitación, ningún libro podía calmar sentimientos, cuando mi cabeza se enfocaba en algo era muy difícil desviarla. Cuando al fin pudo concentrarse en una cosa a la vez pensó en Sussane y su retrato lo calmo.

CAPITULO III: La vida a veces suele morder la banquina.

La llevaba cargada en los brazos, abrió los ojos y volvió a cerrarlos, pesaba demasiado, su cuerpo parecía muerto, la recosté en el asiento trasero, no supe que hacer, y me apoye en el volante a pensar, volteé para mirarla, solo por curiosidad, su aspecto era de hippie, tenía algo similar a las chicas que aparecen en las portadas de los libros que leo, mucho pelo, lacio, oscuro, un flequillo abundante y recto que no le alcanzaba a cubrir las cejas, ojos no lo sé los tenía cerrados obviamente, sus pestañas eran largas, nariz pequeña, su boca era grande, el labio inferior era mas grueso que el superior, tenia una pequeña marca en su mentón, como si se lo hubiera abierto y le hubieran dado puntos, di media vuelta y subí la calefacción, y espere a que despertara, aunque esperando termine durmiéndome.
-         Hola – Me dijo apoyada entre los dos asientos –
-         ¿Que hacías ahí?- Estaba sorprendido de la sonrisa con la que había dicho hola –
-         Es algo así como una rutina…- dijo-
-         Rutina poco saludable, perdona me llamo…- quise decir pero no me dejo terminar la frase-
-         Jimmy te llamas Jimmy y no me lo discutas. Amaneció un día hermoso no crees. Presiento que durara todo el día dejando una noche de verano. Está perfecto para salir a caminar, o andar en bicicleta, se me ocurre ponerme a pintar en el patio… -  No paraba de contarme cosas, nada de ella si no de cosas que se le venían a la mente, no me daba tiempo de pensar,  parecía que no había hablado en meses. –
-         ¿Siempre hablas tanto?- Cansado de escucharla-
-         ¿Te molesta?, ¿vamos por algo para comer?, el agua siempre me da hambre.
Parecía no molestarle que no prestara interés en ella con todo lo que me contaba. Se daba cuenta que no le daba bola, porque cada tanto buscaba mi mirada esperando que respondiera algo. No era aburrida, ni tampoco tonta, era interesante, bastante, pero la noche me había dejado harto, y el monologo aturdido.
Pasé por el mercado de la noche anterior, pero recorde los chocolates que no me habian dejado satisfecho y decidi buscar otro lugar.
-         ¿Podemos ir ahí? – Me dijo señalando una confiería.
Le dije que si con un movimiento de cabeza. El lugar me parecia conocido, era de madera, bastante rustico, la mayoria de las confiterías de la zona playa son así, pero está tenía aspecto familiar.
Unas escaleras guiaban a una terraza llena de sillones de mimbre con mesas para tomar té, grandes macetas con flores blancas adornaban la entrada, adentro mesas y sillas de roble con manteles negros, los mejores lugares para sentarse eran junto a la ventana, cualquiera de ellas daba a un lugar bonito, la barra era atendida por una familia, lo deduje, eran todos muy parecidos, el hombre mayor atendía la caja, la mujer mayor a los clientes, y los otros mas jóvenes servían o mantenían el lugar. Había cuadros de la familia en las paredes, desde los fundadores hasta los actuales, fotos de algunos clientes en la antigua terraza, fotos de las construcciones, era muy acogedor el lugar, la muchacha había elegido bien.
Entramos al lugar y ella quiso ir adentro para sentarse junto a una ventana abierta que daba al mar.
-         ¿Conocías el lugar? – Dijo ella mirándome a los ojos, eran iguales a los de mi madre, verdes, intimidantes y grandes, era imposible no responderle.
-         No lo sé, es raro el sentimiento que me trae el lugar. Muy buena elección Helena o ¿prefieres Georgia?, porque la verdad es que no me has dicho tu nombre.
-         Prefiero que me llames por mi nombre, Helena es demasiado nombre para alguien como yo, y Yoryia me cuesta pronunciarlo, asi que Sussane –y volvió a mirar a mis ojos interrogándolos-
-         Un nombre muy interesante. El mio es Alejandro. No eres de aquí ¿verdad?
-         Si y no, debo ir al baño, no te vayas.
A donde iba a ir, la estaba pasando de maravilla, alejado de mí y toda la rutina. El hombre mayor de la barra se acerco hasta mi mesa y me pregunto:
-         Alejandro, ¿eres tu?
-         Si, disculpe pero no lo recu… Don Guegorio jajajaj como me.. Ya me parecía familiar el lugar, discúlpeme soy tan olvidadizo, he perdido la memoria en este tiempo.
-         Y eso que aun eres joven, no te veo desde hace años, la ultima vez que te vi tendrías alrededor de unos 10 años, recuerdo que tu padre siempre pedía lo mismo, dos medialunas con crema y un capuchino, y para ti el especial de la casa, las masitas de confitería de mi esposa, tus preferidas eran las de chocolate, las mojabas en el submarino y te llenabas los bigotes de chocolate, ven acompáñame- lo seguí – Mira esta foto – Dijo mientras descolgaba uno de los cuadros de la pared – Tu padre, vos, mi esposa, y yo. Recuerdo que me decías: “Don Guegorio, ¿colgara nuestra foto en la pared?”, y yo no podía aguantar la risa de tu mala pronunciación, lo único que podía hacer era asentir con la cabeza. Tu padre nunca más volvió por aquí, supe que se mudo a San Bernardo pero jamás volví a saber de él, ¿Cómo se encuentra?- No quería responder a eso, desee que Susanne me salvará con alguno de sus monólogos –
-         Mi padre, él, … Está enfermo, por morirse.- Era la verdad, no iba a mentir, jamás miento, no lo haría para safarme, no soportaba hablar de mi padre.-
-         Oh!, cuanto lo siento, mándale cariños, como quisiera verlo, el siempre será uno de nuestros mas queridos clientes, la casa invita, -

Quería salir corriendo de ese lugar tomar el auto y volver al mar, pero era de día, y no podía dejar sola a Susanne, le había prometido quedarme.
-         Hola- Dijo Su sonriendo detrás de Don Gregorio- ¿Que vamos a desayunar?
-         Hola muchacha, elije lo que quieras, la casa invita. – Respondio Gregorio-
-         Alejandro por algo te resultaba tan familiar el lugar después de todo, yo quiero, mmm, Puede ser medialunas con crema y un submarino, amo mojarlas en la leche – Dijo sonriendo como una niña.-
-         A ti ya se que traerte. – Dijo Don Gregorio mirando a Alejandro.
-         No, disculpe Don Gregorio, preferiría un te con leche y medialunas saladas, por favor. – No soportaba la idea de volver a esa época en que mi padre decidía que debía comer yo, amaba la idea de comer de nuevo esas masitas finas, que delicia, era un sabor excitante, pero no lo suficiente como para volver a repetir esos recuerdos-
-         Como desees joven- Finalizo retirandose.

Susanne me sonrió, y buscaba algo en mis ojos.
-         ¿Quieres llorar?-
-         ¡No!, porque dices eso. – Al principio se lo dije enojado, me molesto que leyera mis pensamientos, o que al menos lo intentara, pero me calme, no podía tratarla mal, era tan inocente y frágil.
-         Discúlpame, pero me pareció verte triste, y no me gusto verte así. Siento lo de tu padre.
-         ¿Cómo?, digo, ¿Cómo escuchaste? No estabas en el baño.- Dije sorprendido-
-         Si, pero no tarde lo suficiente como para no escuchar esa parte, me quede detrás del hombre, no quise interrumpir, estabas en las nubes mientras él hablaba, como si viajaras en el tiempo. – Era bruja la muchacha.-
-         Fue así, aquí venía de pequeño, todos los sábados y domingos a desayunar con mi padre, y siempre pedíamos lo mismo. Eran los tiempos en que mi madre daba clases de yoga por las mañanas, era tan feliz, todos lo éramos, ella estaba embarazada y…- Pare de hablar, me sentí perturbado en cierta forma, intimidado, nunca había hablado de esto.-
-         No te hagas problema no es necesario que me cuentes nada, puedo entenderte, es un tema delicado para vos.

Don Gregorio trajo el desayuno para cada uno, y una caja envuelta en hojas de diario, me dijo que lo abriera cuando llegara a casa. Alex después del desayuno solo se mantuvo callada y hablo cuando yo le preguntaba algo o simplemente sonreía. Al salir de la confitería me dijo que debía marcharse y que tenía muchas cosas por hacer. Agradecí su compañía y le pedí que no se metiera en problemas.
Volví a casa, y en cuanto llegue me senté en el comedor y abrí el paquete, los ojos se me llenaron de lágrimas y odio. Eran las malditas masas de confitería. Las mas ricas y placenteras del mundo, y no podía ni mirarlas ni tocarlas. Salí corriendo de la habitación, no podía entrar a la habitación y verlas. Quise romper todo, ir a bañarme, sentí violada a mi intimidad. Era como si mi padre estuviera en la habitación yo tuviera 13 años, y,.. y, no podía respirar, Salí corriendo de casa, hacia ningún lado. Me senté en la esquina a esperar el colectivo dispuesto a dar 10 vueltas a la ciudad, puse mi mp3 al máximo, estaban en reproducción algunas de mis opera favoritas de Wagner y era un desperdicio escucharlas en aquel momento, ya que cuando uno escucha una canción en determinados momentos luego cada vez que lo escucha vuelve a recordar ese momento, y no era algo que yo deseara hacer.
El colectivo llego antes de lo esperado, le di de mas al colectivero no tenia ganas de esperar el cambio, además sabia que luego tendría que volver a pagar para la próxima vuelta.
Me sente en los sillones de la mitad para adelante junto a la ventana, lamente que no fuera de los colectivos en que tienen sillones individuales de un lado.
Cerre los ojos, y deje que el sol intentara entrar a través de los párpados.
Alguien se sento al lado mio y se volvio a parar dos o tres veces. Me dormi profundamente.  Soñe que caia, lentamente, mas y mas profundo en la oscuridad, sin poder despertarme, alguien me tomaba por los hombres y me despertaba, era el colectivero indicandome que era el final del recorrido.
Volví a casa, me bañe, y una vez listo para ir a la cama, llame a la señora que me ayudaba cada tanto con la limpieza de la casa, le indique que viniera a primera hora para limpiar el comedor, y que por favor se deshiciera del paquete que estaba encima de la mesa, que se lo quedara o lo tirara, pero que no lo quería ver mas. Supongo que la señora ya estaba acostumbrada a esta clase de pedidos míos.

domingo, 22 de agosto de 2010

Capitulo II : insensibilidad congénita al dolor

Mis pensamientos se esfumaron rápidamente, cuando un auto freno no muy lejos de donde yo estaba, no lo hubiera notado si la luz del auto no me hubiera encandilado. Me dedique a mirar la escena como si estuviera viendo una película, sonaba la cuarta melodía en mi disco de siempre 'memories in my eyes'.

Unas zapatillas de lona, esas que usan todos los adolescentes o los estudiantes de carreras como teatro y filosofía, descendieron del auto, un jean asomaba debajo del piloto que llevaba puesto, la capucha sin uso dejaba al descubierto una fina cabellera morena bañada por la lluvia. -que tontería tenerla y no usarla-,

No alcanzo a bajar del auto, que este arranco y desapareció dejándola sola, ni siquiera miro como el auto se alejaba, se dedico a mirar al horizonte, como acostumbrada a que eso sucediera, se sentó en una roca, y parecía que le rezaba a la luna.

Fue cuando la música cambio, que decidí salir, el miedo y el enojo se habían ido, sin darme cuenta, ella me sorprendió, desequilibró mi rutina nocturna de una manera inesperada.

Me puse la capucha, encendí un cigarrillo, pero al instante lo apagué, no quería sentirme dependiente de algo, ya era hora de empezar a ser libre, al menos de alguna manera, me senté en mi roca, y olvidé mi papel, me sentí incomodo, tal vez un poco tonto, ahí sentado esperando que llegue el amanecer, como si nunca lo hubiera hecho. Caí en la cuenta de cual era el problema, ya me sentía mejor, la aventura se trataba de eso de mejorar mi humor, y llegaba la hora de subir al auto y volver a casa, pero no lo sé, decidí esperar, era como una falta de respeto no quedarme, como cuando alguien te ayuda siempre, y cuando ella te necesitas no esta, hacia me sentía, debía respetar al espectáculo de la naturaleza, y esperar la llegada del sol.

La mujer caminaba hacia la orilla descalza, comencé a sentirme enfermo de pensarlo, amo andar descalzo sobre la arena pero no cuando esta helada y el frió congela tus huesos. Pero el caso es que la condenada aparentaba no sentir ni el menor rastro de dolor, se dejaba llevar por el viento, tiro su piloto en la arena seca, camino hacia la mojada, y lentamente se animo a tocar el agua del mar. Tuve un fuerte impulso de ir, sacarla de allí, subirla al auto y darle una taza de té caliente. Ella enterraba sus pies en la arena mojada, con sus jeans remangados y la camisola blanca cubriéndole hasta debajo de la cintura, sin hacer notar la menor señal de frío, la lluvia era suave pero constante. Su flequillo me impedía ver su rostro. Se arrodilló frente al mar, dejando caer sus rodillas en la arena, sentí terror al contemplar aquella imagen, imagine una ola gigante cubriéndola y llevándosela hasta lo mas profundo del océano. Estaba adorando al mar, pensé, estaba en la misma posición que los islamitas practican en sus oraciones frente a la meca, con sus rodillas y cabeza en el suelo, y las palmas de las manos apoyadas en la arena al costado de la cabeza. Estaba en transe con el mar, las olas no cubrían su cabeza, pero la tocaban, al igual que a sus manos y piernas, el mar crecía, y ella inmóvil.

No podía aguantarlo mas, corrí hacia donde ella estaba, y le hablé:

- Disculpa, ¿estás bien?, vas a enfermar aquí. Vamos.

Enseguida me arrepentí, debería haber vuelto al auto cuando la idea paso por mi cabeza, ahora era tarde. Ella no me respondió, tan solo seguía en trance.

- Mira, si no sales del agua te sacare yo, no dejare que mueras de frió. – volví a insistir-.

- Puedes irte, no necesito ayuda, ¿vale?, estoy bien - respondió ella.

- Entonces me quedare aquí, a ver como te traga el mar, será un gran espectáculo.

Me tuve que alejar porque el agua comenzaba a mojar mis zapatos. Ella seguía ahí rindiéndole homenaje o vaya a saber quien que cosa al mar, el agua comenzaba a llegarle a la nariz.

Cuando finalmente el agua toco su nariz, levantó la cabeza, irguió su columna y se sentó sobre sus piernas. Respiraba profundamente, levantaba sus manos y volvía a colocarlas lentamente al costado de su cuerpo. Fue un espectáculo, la lluvia comenzó a calmarse, y la noche se estaba despidiendo, ella continuaba inmóvil frente al mar, adorando su belleza, su rostro parecía dormido, y cuando el sol salió, abrió los ojos dejándose caer profundamente dormida.

viernes, 20 de agosto de 2010

Capitulo I : Impertinente

La noche era fría y lúgubre, no alcanzaban los segundos para poder pronunciar palabra sin que la saliva se te hiciera hielo en la boca. Sinceramente, no era día para estar enfadado o sin humor. O por lo menos no era día como para que yo lo estuviera, digamos que cuando eso sucede deseo escaparme de donde estoy, correr por la vereda, o tomar la primera avenida y seguirla hasta el fondo, cosas así.

Apague la radio que me tenía cansado, el locutor había estado hablando al menos una hora entera de un choque en la ruta, dos muertes y un herido, pobre gente, deberían haberlo pensado dos veces antes de lanzarse a la ruta, la lluvia de los últimos 5 días había dejado inundado gran parte de los caminos, y se había pedido por favor a todos los ciudadanos que no salieran a la ruta. Parece que esta gente no estaba muy informada o tenían un asunto de 'vida o muerte' que resolver.

Abrí la heladera, di de comer al canario, no se porque si ya le había dado, pero quería al menos dejar satisfecho a alguien ya que yo no lo estaba, la heladera permanecía vacía al igual que ayer, y antes de ayer, no tenia animo para ir al mercado. Creo que las ganas se fugaron con mi humor.

Me abrigue, tome las llaves, fui al garaje abrí lentamente el portón con la esperanza de arrepentirme de salir de casa. Subí al auto y tome la primera avenida, y decidí seguirla hasta el fondo como siempre, en el camino me encontré con un mercado abierto, entre y compre una gran cantidad de mis chocolates favoritos. Dicen que el chocolate produce la liberación de endorfinas, y el dolor y el miedo desaparecen. Pero eso no ocurrió, tal vez el chocolate estaba vencido.

Las luces de la ciudad se volvían cada vez mas brillantes, y las calles mas angostas, como una ilusión óptica que me cerraba el camino. La avenida culminaba en el mar, pegado al volante pensaba en el momento que llegara al fin: bajaría lentamente del auto, me cubriría con la capucha para no ser asesinado por la lluvia, encendería un cigarrillo, y me sentaría sobre alguna roca a esperar el amanecer, primero vería como los azules de la noche se alzan y se tiñen con un violeta intenso para llegar lentamente al lila y como algo mágico que dura tan solo minutos aparecería el rosa, el sol comenzaría a asomar detrás del océano, fundiendo al rosa con su amarillo imponente, una combinación de naranja con amarillo brillante, dejando atrás la fría noche, entonces llegaría el momento de volver al auto, luego a la avenida, y tal vez a mi cama o alguna otra cosa.

Llegue al final de la calle y me encontré con las piernas duras por el frió, no encontraba las ganas para bajar del auto, me negaba rotundamente, y el mal humor persistía, me recosté sobre el volante, puse el mismo disco de siempre, y contemple el mar detrás del parabrisas, tan majestuoso y bravo se movía a pasos agigantados y bañaba la arena con fuertes oleadas. No estaba aburrido, era parte de la rutina que tanto odiaba y que sucedía al menos una vez al mes, por lo que tampoco debería aburrirme, ni siquiera intentarlo.

La avenida parecía abandonada, ni un alma se había animado a salir, habían hecho caso, le pareció raro, ya que las personas suelen ser tan estupidas. Recordó los tiempos de colegio cuando se prohibían la pelota, las carreras, y otros juegos ‘peligrosos’ para evitar accidentes, y nadie hacia caso, fue un verano en que a todos se le había dado por hacerse los valientes, lo que derivó en una lucha continua, dejando a cuatro quebrados: tibias y peronés, fracturas de costillas, y de brazos, sin contar con aberturas de cabeza y mentón.