Oscuramente excitante
martes, 10 de mayo de 2011
CAPITULO V: Noche de Tormenta
Capitulo IV: Un paseo para recordar
CAPITULO III: La vida a veces suele morder la banquina.
domingo, 22 de agosto de 2010
Capitulo II : insensibilidad congénita al dolor
Mis pensamientos se esfumaron rápidamente, cuando un auto freno no muy lejos de donde yo estaba, no lo hubiera notado si la luz del auto no me hubiera encandilado. Me dedique a mirar la escena como si estuviera viendo una película, sonaba la cuarta melodía en mi disco de siempre 'memories in my eyes'.
Unas zapatillas de lona, esas que usan todos los adolescentes o los estudiantes de carreras como teatro y filosofía, descendieron del auto, un jean asomaba debajo del piloto que llevaba puesto, la capucha sin uso dejaba al descubierto una fina cabellera morena bañada por la lluvia. -que tontería tenerla y no usarla-,
No alcanzo a bajar del auto, que este arranco y desapareció dejándola sola, ni siquiera miro como el auto se alejaba, se dedico a mirar al horizonte, como acostumbrada a que eso sucediera, se sentó en una roca, y parecía que le rezaba a la luna.
Fue cuando la música cambio, que decidí salir, el miedo y el enojo se habían ido, sin darme cuenta, ella me sorprendió, desequilibró mi rutina nocturna de una manera inesperada.
Me puse la capucha, encendí un cigarrillo, pero al instante lo apagué, no quería sentirme dependiente de algo, ya era hora de empezar a ser libre, al menos de alguna manera, me senté en mi roca, y olvidé mi papel, me sentí incomodo, tal vez un poco tonto, ahí sentado esperando que llegue el amanecer, como si nunca lo hubiera hecho. Caí en la cuenta de cual era el problema, ya me sentía mejor, la aventura se trataba de eso de mejorar mi humor, y llegaba la hora de subir al auto y volver a casa, pero no lo sé, decidí esperar, era como una falta de respeto no quedarme, como cuando alguien te ayuda siempre, y cuando ella te necesitas no esta, hacia me sentía, debía respetar al espectáculo de la naturaleza, y esperar la llegada del sol.
La mujer caminaba hacia la orilla descalza, comencé a sentirme enfermo de pensarlo, amo andar descalzo sobre la arena pero no cuando esta helada y el frió congela tus huesos. Pero el caso es que la condenada aparentaba no sentir ni el menor rastro de dolor, se dejaba llevar por el viento, tiro su piloto en la arena seca, camino hacia la mojada, y lentamente se animo a tocar el agua del mar. Tuve un fuerte impulso de ir, sacarla de allí, subirla al auto y darle una taza de té caliente. Ella enterraba sus pies en la arena mojada, con sus jeans remangados y la camisola blanca cubriéndole hasta debajo de la cintura, sin hacer notar la menor señal de frío, la lluvia era suave pero constante. Su flequillo me impedía ver su rostro. Se arrodilló frente al mar, dejando caer sus rodillas en la arena, sentí terror al contemplar aquella imagen, imagine una ola gigante cubriéndola y llevándosela hasta lo mas profundo del océano. Estaba adorando al mar, pensé, estaba en la misma posición que los islamitas practican en sus oraciones frente a la meca, con sus rodillas y cabeza en el suelo, y las palmas de las manos apoyadas en la arena al costado de la cabeza. Estaba en transe con el mar, las olas no cubrían su cabeza, pero la tocaban, al igual que a sus manos y piernas, el mar crecía, y ella inmóvil.
No podía aguantarlo mas, corrí hacia donde ella estaba, y le hablé:
- Disculpa, ¿estás bien?, vas a enfermar aquí. Vamos.
Enseguida me arrepentí, debería haber vuelto al auto cuando la idea paso por mi cabeza, ahora era tarde. Ella no me respondió, tan solo seguía en trance.
- Mira, si no sales del agua te sacare yo, no dejare que mueras de frió. – volví a insistir-.
- Puedes irte, no necesito ayuda, ¿vale?, estoy bien - respondió ella.
- Entonces me quedare aquí, a ver como te traga el mar, será un gran espectáculo.
Me tuve que alejar porque el agua comenzaba a mojar mis zapatos. Ella seguía ahí rindiéndole homenaje o vaya a saber quien que cosa al mar, el agua comenzaba a llegarle a la nariz.
Cuando finalmente el agua toco su nariz, levantó la cabeza, irguió su columna y se sentó sobre sus piernas. Respiraba profundamente, levantaba sus manos y volvía a colocarlas lentamente al costado de su cuerpo. Fue un espectáculo, la lluvia comenzó a calmarse, y la noche se estaba despidiendo, ella continuaba inmóvil frente al mar, adorando su belleza, su rostro parecía dormido, y cuando el sol salió, abrió los ojos dejándose caer profundamente dormida.
viernes, 20 de agosto de 2010
Capitulo I : Impertinente
La noche era fría y lúgubre, no alcanzaban los segundos para poder pronunciar palabra sin que la saliva se te hiciera hielo en la boca. Sinceramente, no era día para estar enfadado o sin humor. O por lo menos no era día como para que yo lo estuviera, digamos que cuando eso sucede deseo escaparme de donde estoy, correr por la vereda, o tomar la primera avenida y seguirla hasta el fondo, cosas así.
Apague la radio que me tenía cansado, el locutor había estado hablando al menos una hora entera de un choque en la ruta, dos muertes y un herido, pobre gente, deberían haberlo pensado dos veces antes de lanzarse a la ruta, la lluvia de los últimos 5 días había dejado inundado gran parte de los caminos, y se había pedido por favor a todos los ciudadanos que no salieran a la ruta. Parece que esta gente no estaba muy informada o tenían un asunto de 'vida o muerte' que resolver.
Abrí la heladera, di de comer al canario, no se porque si ya le había dado, pero quería al menos dejar satisfecho a alguien ya que yo no lo estaba, la heladera permanecía vacía al igual que ayer, y antes de ayer, no tenia animo para ir al mercado. Creo que las ganas se fugaron con mi humor.
Me abrigue, tome las llaves, fui al garaje abrí lentamente el portón con la esperanza de arrepentirme de salir de casa. Subí al auto y tome la primera avenida, y decidí seguirla hasta el fondo como siempre, en el camino me encontré con un mercado abierto, entre y compre una gran cantidad de mis chocolates favoritos. Dicen que el chocolate produce la liberación de endorfinas, y el dolor y el miedo desaparecen. Pero eso no ocurrió, tal vez el chocolate estaba vencido.
Las luces de la ciudad se volvían cada vez mas brillantes, y las calles mas angostas, como una ilusión óptica que me cerraba el camino. La avenida culminaba en el mar, pegado al volante pensaba en el momento que llegara al fin: bajaría lentamente del auto, me cubriría con la capucha para no ser asesinado por la lluvia, encendería un cigarrillo, y me sentaría sobre alguna roca a esperar el amanecer, primero vería como los azules de la noche se alzan y se tiñen con un violeta intenso para llegar lentamente al lila y como algo mágico que dura tan solo minutos aparecería el rosa, el sol comenzaría a asomar detrás del océano, fundiendo al rosa con su amarillo imponente, una combinación de naranja con amarillo brillante, dejando atrás la fría noche, entonces llegaría el momento de volver al auto, luego a la avenida, y tal vez a mi cama o alguna otra cosa.
Llegue al final de la calle y me encontré con las piernas duras por el frió, no encontraba las ganas para bajar del auto, me negaba rotundamente, y el mal humor persistía, me recosté sobre el volante, puse el mismo disco de siempre, y contemple el mar detrás del parabrisas, tan majestuoso y bravo se movía a pasos agigantados y bañaba la arena con fuertes oleadas. No estaba aburrido, era parte de la rutina que tanto odiaba y que sucedía al menos una vez al mes, por lo que tampoco debería aburrirme, ni siquiera intentarlo.
La avenida parecía abandonada, ni un alma se había animado a salir, habían hecho caso, le pareció raro, ya que las personas suelen ser tan estupidas. Recordó los tiempos de colegio cuando se prohibían la pelota, las carreras, y otros juegos ‘peligrosos’ para evitar accidentes, y nadie hacia caso, fue un verano en que a todos se le había dado por hacerse los valientes, lo que derivó en una lucha continua, dejando a cuatro quebrados: tibias y peronés, fracturas de costillas, y de brazos, sin contar con aberturas de cabeza y mentón.